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martes, 8 de octubre de 2013

Insignificante



Dedico demasiado tiempo a maldecir la rutina, seguramente porque la malinterpreto como falta de sueños, como una vida de persona gris. FALSO. Por ello volé a Los Ángeles, en busca de algo distinto, de distancia con el hogar (familia, amigos, Barcelona). Necesitaba aire y ver vida más allá de la burbuja endogámica en la que vivo. Ahí fueron cayendo lo que yo creía “hostias”/ “problemas” de toda índole. Sin embargo mi carácter optimista me hizo ver lo afortunado que era por poder estar viviendo una etapa distinta en mi vida, y poder gozar del placer de estar “solo ante el peligro” en un escenario desconocido. 

Más allá de la experiencia, pues el post nada tiene que ver con ella, volví a España lleno de sueños, ideas, y sentimientos cruzados. Poco a poco fui digiriendo toda la etapa estadounidense, y parece que pronto estaré de nuevo asentado, probablemente, en Barcelona. Podría interpretarse que todos mis sueños grandilocuentes mueren aquí, pero para nada. He encontrado un punto a medio camino entre el soñador y el escéptico que me ha llevado a ser más sencillo (que no simple, ojo), que me ha enseñado a no buscar el sentido de mi vida afuera, si no darle sentido a lo que ya tengo (así como a lo que voy encontrando en mi camino, claro). De esta forma siempre podré “controlarlo”, pues seré yo quien se lo dé, y no dependeré de si lo encuentro o no. Y escribo controlar entre comillas porque, como dice ÉL (¿quién? Seguid leyendo), ni siquiera nuestra vida es nuestra.
 
Las experiencias se comprenden con el tiempo, reposan y toman otros colores. Una de las cosas que me ayudó a entender el momento de mi vida por el que pasaba al afrontar mi vuelta a Barcelona tras mi etapa fuera (siempre un shock; todo el que lo haya vivido sabe de qué hablo) fue no ser tan pretencioso, no intentar buscar siempre que se alineen los astros…dejar que las cosas sucedan y punto. Una amiga dijo algo así como “que el traqueteo de la carretera acomode los melones”. Vivir, e ir disfrutando con y de TODO.


No estaría contando toda la verdad de este proceso si no hablara de mi reencuentro en el mes de julio con un buen amigo. Uno de esos guaperas, cachondo, de los que caen bien a todo el mundo, currante. ¿Me explico? Bueno por si acaso no he sido clarividente, hay quien se refiere a la gente como él como “un tío de p… madre”. Llevaba un par de años sin verle, justo el tiempo en el que su cuerpo ha mutado de forma escalofriante por culpa de una maldita enfermedad que ni los médicos saben cómo tratar. Mi amigo tiene ELA. Pero mi amigo también tiene muchas más cosas que ELA. Por de pronto dos cojones como dos camiones (me perdonaréis, hoy he aparcado la diplomacia), es un líder, una persona inquieta y con ganas de aprender constantemente. Te cautiva con sus malditos ojos azules que no dejan de pedirte que compartas con él todo lo que sientes y piensas. ¡¡¡Te escucha!!! Preciado tesoro hoy en día; sí, es de las pocas personas que no espera a que acabes de hablar para hablar él, si no que se pone en tu piel cuando le cuentas algo. Su cuerpo se ha debilitado, y lo seguirá haciendo, pero sus ojos siguen ahí, impertérritos, dispuestos a acompañarte donde tú quieras llevarles. Paradójicamente, el que te está guiando es él a ti, y lo mejor de todo, tú no te das cuenta en el momento.

En su fase de degeneración, sus brazos han dejado de funcionar, su caminar es errante (por suerte sólo en lo físico) y ha perdido la capacidad de hacer por sí mismo algunas de las cosas más cotidianas que uno pueda imaginar. En toda esta mierda de proceso, me enseña a sonreír cada día. Me habla de lo que significa un buen abrazo, sentir algo más que la piel del otro mientras te rodea con sus brazos, de lo maravilloso que es escuchar el ruido del mar, del regalo que supone una noche de verano bajo las estrellas; mientras, yo asisto entre lágrimas (creo que de alegría, por lo fácil que lo dibuja todo) al espectáculo de ver cómo se conecta con la vida. Cómo se abraza a ella. 

Soy un privilegiado por conocer su corazón, porque me hace sentir vergüenza en cada uno de mis lamentos. Cada vez que algo no me parece bien me siento estúpido. Gracias a él, entre otras cosas, hoy soy más sencillo, insisto, que no simple, y por ello las cosas me van mejor. Una óptica que me ha ayudado a ver lo insignificante que llego a ser cuando me empeño. Gracias JANO, por gritarme cada día que la vida es maravillosa. Tu lucha es nuestro orgullo y nuestra bofetada de realismo vital; el aviso de que todo es más básico. Qué fácil es la vida, ¿verdad? Te queremos tío, ¡feliz cumpleaños!

P.d. Os invito a conocer a Jano en su web. Un paseo increíble que no os podéis perder!
http://www.dgeneracion.com/ 

miércoles, 8 de mayo de 2013

ACEPTAR ≠ Resignar

Leí hace años una novela de David Trueba en la que se analizaban las historias de varios personajes de distinta índole que no acababan de encontrar el éxito que intuían para su vida. Más allá del desarrollo de la novela, que me pareció mejorable, el planteamiento es, cuanto menos, interesante, y el título sugerente y acertado: Saber perder.

Demasiadas veces nos obsesionamos con conseguir las cosas cuándo y cómo nosotros queramos. Y ni siquiera hacemos un espacio no ya para el plan B, si no para contemplar la posibilidad de que no salga el 'plan A'. Un amigo mío suele decir: “si el plan A no funcionó, todavía quedan 25 letras más en el abecedario”. Suena a típica frase de libro de autoayuda, (no he perdido el tiempo buscándolo, aunque imagino que así es) pero evitando buscarle tres pies al gato, creo que es un planteamiento coherente.


Tan importante es tener un 'plan A', como una capacidad de sobreponerse cuando esa vía queda obsoleta. No digo que haya que ir por la vida siempre con la ‘B’, la ‘C’ o las demás ya diseñadas, pues en ese caso nunca llegaríamos a vivir la ‘A’ con la intensidad que merece (si la consideramos LA opción debemos desgañitarnos por ella). Pero sí es interesante y recomendable vencer la dependencia del plan principal, ya que tanto si lo conseguimos como si no, la vida continuará, cosa que muchas veces perdemos de vista.

A lo largo de los años uno va acumulando experiencias, y de todas se aprende (o así debería ser). Poco a poco uno alimenta su “saber perder” pues el “saber ganar” se nos intuye innato. Lamentablemente de pequeño te educan únicamente en el triunfo, pues es más agradable alimentar los sueños de los niños que no explicarles según qué cosas. Nadie le habla a un niño de lo que significa no ganar, y es una tarea que se supone que debe encontrar cada uno a medida que vaya tropezando con los baches del camino. Es curioso como te decían eso de “dale la mano al contrincante” cuando perdías un partido de futbol y creías que terminaba el mundo. Y claro, el mundo no terminaba, lo que sí lo hacía ahí es toda la educación que recibimos en materia de “no-éxito”. Nadie enseña a los niños que los escenarios son cambiantes y a menudo adversos, o al menos nadie lo hace con la misma tenacidad y empeño con la que se les habla de los triunfos. Sería un error pensar que hablarles de ello equivalga a inculcarles mentalidad perdedora. Debemos enseñar a los niños a pelear hasta la saciedad por lo que quieran lograr, ahí residirá el éxito de las generaciones venideras, pero no por ello generar un silencio en torno a la no consecución de las cosas cuándo y cómo uno quiere.


 Es importante concienciarse cuanto antes de que en la vida no todo son la victoria que creíamos; hay no-victorias (que no tienen porqué ser derrotas) en el camino de todos, y de esas se alimenta la capacidad de resiliencia de cada uno. Solemos decir que las experiencias negativas te hacen más fuete, sin embargo, coincidí con un buen amigo en que la verdadera virtud, lo que realmente te hace fuerte es la rapidez para aceptar y, por ente, sobreponerse. Lo que se conoce como capacidad de reacción. Y claro que no hay mal que 100 años dure (refrán tan cierto como evidente), pero más que plantear así la adversidad, lo inteligente no es esperar a que el tiempo lo repare todo, sino anticiparse para encontrar otras formas de lograr lo que nos habíamos propuesto.

En otras palabras, que las cosas no salgan como uno esperaba no implica el fin de los sueños, y no debe alejarnos de nuestro objetivo último. Y no me refiero, precisamente, a que llueva el día de tu boda, que coincido en que es una putada, sino a saber convivir con el tambaleo congénito al 'no-dominio' de lo que no depende de uno.

jueves, 14 de marzo de 2013

Las ideas caminadas



Escribo este post desde el patio interior de una cafetería en una zona tranquila al sur de Hollywood, rodeado de plantas y en un ambiente de trabajo típicamente americano: cada uno con el último orgasmo de los sucesores de Steve Jobs en forma de aparatotecnológicosalvadordelmundo. Aparezco yo con mi zapatronco que tiene más años que la Ría de Bilbao, y pese alguna mirada que parece decir "pero por Dios, para eso ven con la Hispano Olivetti, que esto es EEUU" me instalo.


Bromas aparte, por fin he tenido un primer momento de paz, de sentarme a disfrutar de este delicioso placer que es para mí escribir. Y mientras escribo, me lamento  de que el bueno de Steve no inventase (tiempo al tiempo, quizás hay 4 granujas que ya disfrutan de eso y lo sacarán a la venta dentro de 10 años) algo para transcribir lo que uno piensa mientras camina…¿y por qué digo eso? Simplemente porque quería dejar constancia de esas reflexiones que uno hace cuando sale a dar una vuelta con el único objetivo de relajarse, tomar el aire y compartir un rato con uno mismo o con una buena compañía.

Recuerdo como cuando tenía apenas 9 años, en mis campamentos de verano, (esas estancias de 2 o 3 semanas en el extranjero) lloraba añorando a mis padres, y como a modo de auto terapia salía a hablar conmigo mismo, repitiéndome las dos o tres cosas que me daban fuerza para superar lo que entonces era una adversidad (y que con el tiempo se fue convirtiendo en la ansiada libertad del adolescente: la distancia con el hogar). Tanto esos paseos terapéuticos, como yo, hemos ido cambiando, y me resulta gracioso observar como sigo aprovechando mis paseos solitarios para explicarme cosas que pululan por mi cabeza de forma inconexa. Me viene a la mente Estambul, ciudad mágica en la que viví mi primer viaje absolutamente solo. Fui visitando mezquitas, mercados y perdiéndome por las calles de una de las ciudades más totales que he conocido. Dedicaba al dulce quéhacer de dar pasos sin rumbo fijo, entre 6 y 8 horas diarias, y en esos interminables paseos planteaba ideas que sin pensar que eran de rabiosa actualidad para mí, resulta que sí lo eran, y como muestra inequívoca era que en ese momento de tranquilidad se presentaban como el mejor tema sobre el que dar una vuelta de tuerca. Hablaba en mi cabeza con amigos y familiares, contándoles cosas (que evidentemente nunca llegaron a oír), desmenuzando situaciones, cuando en el fondo simplemente hablaba conmigo.


París fue también un buen testigo de ese tipo de paseos durante los 4 meses que pasé en esa ciudad que no fue construida sino decorada (a la que por cierto le sigo debiendo un post) fue un buen escenario para vagabundear entregado a largos pensamientos y a lo que concebí como “las ideas caminadas”.

Las ideas caminadas deben entenderse en tanto que comparadas con las ideas estáticas. Evidentemente no hace falta salir a pasear para reflexionar, o para tener una buena idea, pero, al menos en mi caso, cuando pienso de una forma quieta el eco me acaba resultando insoportable. En cambio, salir a pasear sin rumbo ni mucho menos prisas, alimentando la vista con paisajes que no necesariamente tienen que ser nuevos, pero sí cambiantes (movimiento) me ayuda a madurar las ideas, a repasarlas, a tomar perspectiva, y a fin de cuentas a reposar lo pensado. Me proporciona la abstracción total, la escapada.

El que lea este blog más o menos a menudo conocerá mi pasión por correr, un ejercicio que libera la mente, desde luego; pero el buen corredor sabrá que los pensamientos corridos son volátiles, y apenas un mismo tema permanece más de 1 o 2 minutos. De golpe, no sabes cómo, estás pensando en otra cosa, a veces incluso la consistencia es tan ínfima que ni te das cuenta de que hace 10 minutos estabas pensando en algo totalmente distinta.

Centrándome en el momento que me ocupa, salir a pasear en una ciudad que no es la tuya te convierte en ese anónimo delicioso que se va cruzando con caras que nunca más volverá a ver. Piensas en tus cosas, indagas, intentas entender situaciones, y cuando has repetido más de 3 o 4 veces la misma idea, supones que esa será una primera gran conclusión.


Sigues caminando, ves tu reflejo en el escaparate de una tienda, en el ventanal de un restaurante, y al verte, te crees distinto, y porqué avergonzarse: más interesante. Piensas: ése soy yo. Has escapado de tu yo más usual, el que tenías más gastado. Has logrado darle una tregua a tu personaje principal y estás asistiendo al casting de los potenciales personajes secundarios que puedes llegar a generar. Estás tratando de observar de qué son capaces y cuánto puedes aprender de ellos. Y asistir a esa invasión, a ese allanamiento de uno mismo por uno mismo (valga la redundancia) convierte el rato en maravilloso.

Es la grandilocuencia que se regala a sí mismo el expatriado, que vive a medio camino entre el fantasma de la morriña (que si te despistas puede ser insoportable, siempre en la medida en que la quieras alimentarla), y el placer e ilusión de la nostalgia anticipada: es decir, la tremenda emoción de saber que lo que se está viviendo no regresará. Y eso es lo que invita a uno a querer comerse “su” mundo cada día.

Pues sí, eso también sucede aquí en LA,

#prontomás

martes, 5 de febrero de 2013

Sigue siendo el rey



El pasado domingo tuve la suerte de ser invitado a la gala de los V Premios Gaudí de la Acadèmia del Cinema Català, en la cual disfruté de mi primera experiencia, de las miles que van a venir a partir de ahora, con la industria del cine. Caras famosas, gente elegante y un acto ágil pese a sus 2 horas y media de duración. Como siempre algún premiado que aprovechó su momento de gloria para hacer casi un testamento, y otros que con dosis de humor, con mayor o menor acierto, agradecieron el haber sido elegidos para el premio. Como era de esperar los mayores aplausos para todo aquél que incluía en su speech un chiste en el cual pusiera en entredicho el buen hacer de la castigada clase política, y si era del partido gobernante, mejor. Sin embargo la gala no perdió en elegancia y espontaneidad, cosa no siempre fácil en este tipo de actos que siempre se miran obsesionados en la gala de premios por antonomasia (una que se celebra cada año en el teatro Kodak de Los Ángeles el último domingo de febrero). En mi opinión, la ceremonia supo mantenerse en su lugar y no fue pretenciosa.



 Los principales triunfadores fueron la 'Blancanieves' de Pablo Berger (especial mención al amigo Alfonso de Vilallonga por su premio al mejor motnaje musical), 'Lo imposible' de J.A. Bayona y 'Con una pistola en cada mano' de Cesc Gay. El post podría continuar hilvanando frases hasta contaros todos los detalles de dicha gala, pero me centraré en el director de orquesta, el maestro de ceremonias. Igual que en todos los ámbitos de la vida, cuando seleccionas a los mejores tu probabilidad de éxito es casi total, y ayer la Academia del Cinema Català puso simplemente al mejor para gobernar la noche: Andreu Buenafuente. Gustará más o menos, pero el cómico de Reus fue el motor, el que llevó el ritmo y lo vimos mucho más suelto que en los últimos años en televisión. Como dijo su colega de profesión Jordi Évole en twitter, "veo a Buenafuente muy en forma". Vaya si lo está. Andreu volvió a su lengua materna (el catalán), como era obligado en esta ocasión y hay que decir que se le ve mucho más fresco, ágil y sobre todo rápido. Decía el filósofo Julián Marías que cuando uno habla otro idioma (si lo habla bien) es como si viajara a otro yo, por la posición de la boca, por la entonación, por la canción de cada idioma. Salvando las distancias (pues al fin y al cabo el catalán y el castellano se asemejan considerablemente), pero se nota que la lengua materna de Buenafuente es el catalán. Se le ve más cómodo, logra sacar esa pizca que le pone a 100, le convierte en excelso. Ojo, en castellano es igualmente bestial, al menos a mi juicio, pero quizás su humor es algo más forzado. No quiero que este parezca un escrito que busca controversia y que se centre como quien no quiere la cosa en la inmersión lingüística: nada más lejos de la realidad. El que escribe estas líneas es de habla castellana (pese a hablar perfectamente catalán) y cuando quiero transmitir el 100% de algo, lo hago en la lengua en la que me siento más cómodo. No significa ello que no pueda lograrlo en otros idiomas, pero sin duda cuando busco la excelencia lo hago en castellano.
                                                                                                                                             
Buenafuente es un genio, el número 1, y no hay ningún otro humorista capaz de toserle en el panorama español. Es así de simple. Elegante, hilarante y con unas tablas al alcance de muy pocos. Capaz de hacer reír sin caer en la ordinariez (como les sucede a la mayoría de cómicos actuales) y colando un gag detrás de otro sin perder el hilo ni el timón, con una capacidad de improvisación que, más allá de que forme parte de un guión o no, a ojos del espectador es espontánea. Sabe enlazar la realidad del momento social a la gala o programa que está presentando, y sus recursos son interminables. Sin pelos en la lengua, magnífico lanzador de dardos y con una colosal forma de reírse de sí mismo. Ayer me metí en la cama con una sonrisa, feliz por mi primer contacto con este atractivo mundo de la gran pantalla pero también por haber recuperado sensaciones de hace muchos años, de aquél Andreu de TV3 que me hacía meterme en la cama más tarde de lo que prefería, cuando todavía iba al colegio. Buenafuente es garantía de éxito, pero ayer me fui a la cama pensando: "sigue siendo el rey" (a mucha distancia del resto).

jueves, 18 de octubre de 2012

De sueños o huidas hacia adelante



Cumplir 25 años puede ser un recuerdo de épocas mejores para muchos. Otros, aquellos que cuentan con una década más, lo ven con nostalgia, como el punto de partida de aquel tren que no se atrevieron a coger. Los que sobrepasan la barrera de las 4 decenas prefieren verlo como una época díscola para la que piensan, de forma adultamente pueril, que ya no tendrían cuerpo ni mucho menos alma para vivir; prefieren pensar en una dulce decadencia, más mental que física, hacia el medio siglo. Pero para el que los cumple es la oportunidad y el reto de no seguir sumando años en balde y de hacer cosas para las que nunca más habrá cabida.

Ya no hay hoja de ruta ni recetas. No hay un ‘cómo’ predeterminado, sino que debes ser tú el que escriba y trace tu porvenir. Hasta ahora nos ha acompañado el amparo del colegio donde la fórmula era sencilla (ocho horas de pupitre, actividad vespertina casi siempre relacionada con el deporte y solventar los deberes); y la universidad, donde pese a la grandilocuencia infundida por el propio concepto y la falsa libertad con la que se concibe, avanzábamos por un camino también marcado. Quizás más agreste y salvaje que el de la escuela, por estar más expuestos a nuestras inseguridades, pero al fin y al cabo, camino. 

 Ahora no. Ahora toca pisar terreno virgen, lugares que ni sabíamos que existían y guiarse por el instinto y los consejos de una experiencia que nada nos garantiza que vaya a llevarnos hacia el mejor destino. Es tiempo de explorar, de moverse y de darse bofetadas, pues están para ser recibidas. Los límites de la vida no están para ser delimitados si no para ser desafiados. Es momento de empezar a vibrar con la sensación de estar en movimiento, de estar avanzando. Hoy nadie te asegura que 1+1 será igual a dos. No hay que tener miedo, es una oportunidad para agarrar el toro por los cuernos y echarse a andar. Se puede caminar sin una meta concreta, pero en ese caso hay que hallar la forma de dotar de sentido al camino, que cada paso aunque no busque un fin concreto sí nos ayude a ser mejores caminantes, a adquirir experiencia y a llenar la mochila de cosas útiles y vaciarla de lastres que sólo dificulten el andar. Ser un buen caminante nos aportará ese rodaje que nos ayudará a identificar las oportunidades. Me acuerdo aquí de Machado, que algo de razón tendría, digo yo.

El caminante de Giacometti.


Evidentemente cualquier fecha es simbólica, no hay un programa de cuándo o cómo se deben hacer las cosas, sino que éstas deben hacerse cuando uno las siente. Pero quizás aprovechando la redondez de la efeméride, vale la pena hacer un alto en el camino, echar un vistazo atrás y darse cuenta de la cruel velocidad a la que ha pasado el último lustro, y tomar nota porque la percepción del paso del tiempo hasta los 30 (de nuevo un simbolismo, ante una cifra que no es más que eso) será fugaz.

Es el momento de dejar de ser hijos en el sentido más paternalista de la palabra y de vivir sin ser aún padres (aquellos que anhelamos y aspiramos a serlo algún día). Es el momento para ti, y no tienes ni idea de cuándo terminará. Madurar es un proceso largo, siempre de alguna forma inconcluso, y esa falta de techo es lo que hace que siempre quepa un lugar para seguir creciendo, buscar nuevos retos y tratar de corregir rumbos hacia los que los dejes más perniciosos de nuestro carácter nos hayan podido llevar. Madurar es tener una firme voluntad de mejorar, pero previo a mejorar hay que identificar la posible mejoría, tarea no siempre fácil. 



Considero imprescindible ahondar en lo más profundo de uno mismo, tratar de hallar todas las incongruencias que conviven en nuestro interior y aun con la posibilidad de fracasar, nada como sentir que en algún momento de tu vida has luchado por tus sueños, sin miedo a lo demás. Sentirse vivo, sentir la amenaza de cagarla que te coge del cuello, pero que al mismo tiempo hace que te recorra el cuerpo ese cosquilleo de las grandes ocasiones que muchos morirán sin haber sentido nunca. La estabilidad no es una balsa de aceite, como muchos piensan, si no que paradójicamente es una permanente montaña rusa, que es lo que nos vamos a encontrar en la vida. Alinear lo que quieres con lo que eres no es un ejercicio sencillo, porque implica aprender a renunciar a metas que quizás nunca han sido las nuestras. Es identificar nuestro éxito y perseguirlo, y tener claro que cada uno tiene el suyo esperando ser alcanzado. Nacer sin una marcada vocación no es un drama; sí lo es, en cambio, no tener sueños que cumplir.

No bucear en nuestro interior es una huida hacia adelante, es esperar que las cosas se pongan solas en su lugar, es no querer verle las orejas al lobo y tarde o temprano la bofetada llegará. Cuanto más tarde, más repentina será, más fuerte, más letal. Es cómodo pensar que el tiempo lo acabará poniendo todo en su sitio, pero cuidado, porque entonces podría ser que nuestro sitio no sea el que esperábamos. Pero lo que es seguro es que no será el que nosotros hemos decidido. El peor engaño es el que cometemos con nosotros mismos y la infidelidad cuando más duele es cuando la realizamos sobre el propio ser.

Vivimos en la eterna preparación del futuro como forma de borrar y negar nuestro pasado y en ello el gran ausente, el olvidado, el que cae en el ostracismo es nuestro presente. Concebimos el futuro como una reparación de algo que quizás nunca se rompió. Caemos en el arrepentimiento sin valorar el crecimiento interior que hay (o debería haber) intrínseco en cada uno de nuestros errores ya cometidos. Aunque cueste aceptarlo, nuestro pasado es lo que nos hace ser hoy como somos. Sin importar si es un pasado feliz o dramático. Ponemos nuestro presente al servicio de un futuro que ni siquiera sabemos cómo se manifestará. Vivimos con miedo a no llegar a conseguir aquello que consideramos (a veces de forma poco analizada) éxito, creyendo que su consecución compensará cualquier medio utilizado para lograrlo: una suerte de maquiavelismo contra el propio ser. Y en eso se nos van años que, obviamente, no volverán. Ningunos tan preciados como los de la juventud, exentos de verdaderas responsabilidades morales y vírgenes de fracasos (y triunfos) necesarios para crecer. El miedo no debe ser al fracaso, porque de éste se forja la vida de uno; el miedo debe ser a la incómoda pregunta del "¿y si hubiera hecho....?". La inamovilidad es el disfraz más cutre y barato del miedo, el enemigo número uno del éxito. Inamovilidad es conformismo, es cobardía y es no saber disfrutar de las buenas tormentas, de los temporales de olas, si no ir al estanque de forma mediocre a ver la balsa de aceite que cada mañana se despierta igual.



Leyendo a Ángel Gabilondo encontré una reflexión interesante acerca de las relaciones de pareja. Venía a hacer un símil con el acto de nadar. A menudo buscamos comparar el amor con volar con otra persona, con la magia, y desde luego parte de ello tiene, sobre todo el enamoramiento más que el amor propiamente dicho. Pero el día a día, el amor, el quererse, pasa por mimar el presente. No vivir de rentas de un pasado mejor ni de sueños o inciertas intuiciones de futuro. Cuando uno nada no está por encima del agua, está EN el agua, se introduce en ella. En el agua uno tiene que estar permanentemente en movimiento para no hundirse, igual que en las parejas, cuya relación debe mimarse día a día y no a trompicones con viajes o planes de futuro que intenten mejorar etapas pasadas más grises. Me pareció una metáfora sublime que invita a vivir el presente. Pero no como un irresponsable carpe diem, si no entendiendo el concepto ‘mortal’ más allá de que nos vamos a morir algún día, como lo que es: hacer de cada momento la irrepetibilidad de lo vivido.

A mis 25 años, le declaro la guerra a vivir pensando en el viernes, o en las vacaciones. A pensar que el único sentido que tiene mi mes laboral es el día que me ingresan la nómina. A mi edad es demasiado mediocre, no he nacido para conformarme con la tranquilidad de la balsa de aceite. Es momento de que pasen cosas, de ser valiente. Elijo elegir. Elijo ser dueño de las bofetadas que me pueda dar, antes de que me las dé una mano ajena, o que me sean dadas con carácter retroactivo. Mi éxito probablemente no pasa por ser internship, junior, senior y socio, ni vestir corbatas de la via Condotti de Roma, ni asistir a comidas sobre cosas que “no me ponen” para poder obtener “algo que no he soñado”. Mi verdadero triunfo, el sueño que he ido forjando a lo largo de estos años de educación y de ir madurando es poder algún día decir que he hecho en vida lo que he querido. Y no debe entenderse eso como que pretendo vivir en una hamaca, tomando Daikiris y bronceándome esperando el día en que se me alineen los astros para levantarme. Sino como que quiero poder decir que he hecho aquello para lo que YO nací. Para sentir eso, como decía, es imprescindible conocerse, tarea harto complicada y uno de mis retos del día a día. Reto no siempre agradable, por querer tachar aquellas cosas con las que más en disonancia estás y que sin embargo ves que más caprichosamente están anquilosando tu carácter. Aprender no es tachar, es reinterpretar con más información que antes. Es la vía pacífica de actuar por encima de la belicosa. Es la afirmación por encima de la negación. No se trata de destruir lo que no nos gusta de nosotros, se trata de proponer alternativas, de crear.