jueves, 18 de octubre de 2012

De sueños o huidas hacia adelante



Cumplir 25 años puede ser un recuerdo de épocas mejores para muchos. Otros, aquellos que cuentan con una década más, lo ven con nostalgia, como el punto de partida de aquel tren que no se atrevieron a coger. Los que sobrepasan la barrera de las 4 decenas prefieren verlo como una época díscola para la que piensan, de forma adultamente pueril, que ya no tendrían cuerpo ni mucho menos alma para vivir; prefieren pensar en una dulce decadencia, más mental que física, hacia el medio siglo. Pero para el que los cumple es la oportunidad y el reto de no seguir sumando años en balde y de hacer cosas para las que nunca más habrá cabida.

Ya no hay hoja de ruta ni recetas. No hay un ‘cómo’ predeterminado, sino que debes ser tú el que escriba y trace tu porvenir. Hasta ahora nos ha acompañado el amparo del colegio donde la fórmula era sencilla (ocho horas de pupitre, actividad vespertina casi siempre relacionada con el deporte y solventar los deberes); y la universidad, donde pese a la grandilocuencia infundida por el propio concepto y la falsa libertad con la que se concibe, avanzábamos por un camino también marcado. Quizás más agreste y salvaje que el de la escuela, por estar más expuestos a nuestras inseguridades, pero al fin y al cabo, camino. 

 Ahora no. Ahora toca pisar terreno virgen, lugares que ni sabíamos que existían y guiarse por el instinto y los consejos de una experiencia que nada nos garantiza que vaya a llevarnos hacia el mejor destino. Es tiempo de explorar, de moverse y de darse bofetadas, pues están para ser recibidas. Los límites de la vida no están para ser delimitados si no para ser desafiados. Es momento de empezar a vibrar con la sensación de estar en movimiento, de estar avanzando. Hoy nadie te asegura que 1+1 será igual a dos. No hay que tener miedo, es una oportunidad para agarrar el toro por los cuernos y echarse a andar. Se puede caminar sin una meta concreta, pero en ese caso hay que hallar la forma de dotar de sentido al camino, que cada paso aunque no busque un fin concreto sí nos ayude a ser mejores caminantes, a adquirir experiencia y a llenar la mochila de cosas útiles y vaciarla de lastres que sólo dificulten el andar. Ser un buen caminante nos aportará ese rodaje que nos ayudará a identificar las oportunidades. Me acuerdo aquí de Machado, que algo de razón tendría, digo yo.

El caminante de Giacometti.


Evidentemente cualquier fecha es simbólica, no hay un programa de cuándo o cómo se deben hacer las cosas, sino que éstas deben hacerse cuando uno las siente. Pero quizás aprovechando la redondez de la efeméride, vale la pena hacer un alto en el camino, echar un vistazo atrás y darse cuenta de la cruel velocidad a la que ha pasado el último lustro, y tomar nota porque la percepción del paso del tiempo hasta los 30 (de nuevo un simbolismo, ante una cifra que no es más que eso) será fugaz.

Es el momento de dejar de ser hijos en el sentido más paternalista de la palabra y de vivir sin ser aún padres (aquellos que anhelamos y aspiramos a serlo algún día). Es el momento para ti, y no tienes ni idea de cuándo terminará. Madurar es un proceso largo, siempre de alguna forma inconcluso, y esa falta de techo es lo que hace que siempre quepa un lugar para seguir creciendo, buscar nuevos retos y tratar de corregir rumbos hacia los que los dejes más perniciosos de nuestro carácter nos hayan podido llevar. Madurar es tener una firme voluntad de mejorar, pero previo a mejorar hay que identificar la posible mejoría, tarea no siempre fácil. 



Considero imprescindible ahondar en lo más profundo de uno mismo, tratar de hallar todas las incongruencias que conviven en nuestro interior y aun con la posibilidad de fracasar, nada como sentir que en algún momento de tu vida has luchado por tus sueños, sin miedo a lo demás. Sentirse vivo, sentir la amenaza de cagarla que te coge del cuello, pero que al mismo tiempo hace que te recorra el cuerpo ese cosquilleo de las grandes ocasiones que muchos morirán sin haber sentido nunca. La estabilidad no es una balsa de aceite, como muchos piensan, si no que paradójicamente es una permanente montaña rusa, que es lo que nos vamos a encontrar en la vida. Alinear lo que quieres con lo que eres no es un ejercicio sencillo, porque implica aprender a renunciar a metas que quizás nunca han sido las nuestras. Es identificar nuestro éxito y perseguirlo, y tener claro que cada uno tiene el suyo esperando ser alcanzado. Nacer sin una marcada vocación no es un drama; sí lo es, en cambio, no tener sueños que cumplir.

No bucear en nuestro interior es una huida hacia adelante, es esperar que las cosas se pongan solas en su lugar, es no querer verle las orejas al lobo y tarde o temprano la bofetada llegará. Cuanto más tarde, más repentina será, más fuerte, más letal. Es cómodo pensar que el tiempo lo acabará poniendo todo en su sitio, pero cuidado, porque entonces podría ser que nuestro sitio no sea el que esperábamos. Pero lo que es seguro es que no será el que nosotros hemos decidido. El peor engaño es el que cometemos con nosotros mismos y la infidelidad cuando más duele es cuando la realizamos sobre el propio ser.

Vivimos en la eterna preparación del futuro como forma de borrar y negar nuestro pasado y en ello el gran ausente, el olvidado, el que cae en el ostracismo es nuestro presente. Concebimos el futuro como una reparación de algo que quizás nunca se rompió. Caemos en el arrepentimiento sin valorar el crecimiento interior que hay (o debería haber) intrínseco en cada uno de nuestros errores ya cometidos. Aunque cueste aceptarlo, nuestro pasado es lo que nos hace ser hoy como somos. Sin importar si es un pasado feliz o dramático. Ponemos nuestro presente al servicio de un futuro que ni siquiera sabemos cómo se manifestará. Vivimos con miedo a no llegar a conseguir aquello que consideramos (a veces de forma poco analizada) éxito, creyendo que su consecución compensará cualquier medio utilizado para lograrlo: una suerte de maquiavelismo contra el propio ser. Y en eso se nos van años que, obviamente, no volverán. Ningunos tan preciados como los de la juventud, exentos de verdaderas responsabilidades morales y vírgenes de fracasos (y triunfos) necesarios para crecer. El miedo no debe ser al fracaso, porque de éste se forja la vida de uno; el miedo debe ser a la incómoda pregunta del "¿y si hubiera hecho....?". La inamovilidad es el disfraz más cutre y barato del miedo, el enemigo número uno del éxito. Inamovilidad es conformismo, es cobardía y es no saber disfrutar de las buenas tormentas, de los temporales de olas, si no ir al estanque de forma mediocre a ver la balsa de aceite que cada mañana se despierta igual.



Leyendo a Ángel Gabilondo encontré una reflexión interesante acerca de las relaciones de pareja. Venía a hacer un símil con el acto de nadar. A menudo buscamos comparar el amor con volar con otra persona, con la magia, y desde luego parte de ello tiene, sobre todo el enamoramiento más que el amor propiamente dicho. Pero el día a día, el amor, el quererse, pasa por mimar el presente. No vivir de rentas de un pasado mejor ni de sueños o inciertas intuiciones de futuro. Cuando uno nada no está por encima del agua, está EN el agua, se introduce en ella. En el agua uno tiene que estar permanentemente en movimiento para no hundirse, igual que en las parejas, cuya relación debe mimarse día a día y no a trompicones con viajes o planes de futuro que intenten mejorar etapas pasadas más grises. Me pareció una metáfora sublime que invita a vivir el presente. Pero no como un irresponsable carpe diem, si no entendiendo el concepto ‘mortal’ más allá de que nos vamos a morir algún día, como lo que es: hacer de cada momento la irrepetibilidad de lo vivido.

A mis 25 años, le declaro la guerra a vivir pensando en el viernes, o en las vacaciones. A pensar que el único sentido que tiene mi mes laboral es el día que me ingresan la nómina. A mi edad es demasiado mediocre, no he nacido para conformarme con la tranquilidad de la balsa de aceite. Es momento de que pasen cosas, de ser valiente. Elijo elegir. Elijo ser dueño de las bofetadas que me pueda dar, antes de que me las dé una mano ajena, o que me sean dadas con carácter retroactivo. Mi éxito probablemente no pasa por ser internship, junior, senior y socio, ni vestir corbatas de la via Condotti de Roma, ni asistir a comidas sobre cosas que “no me ponen” para poder obtener “algo que no he soñado”. Mi verdadero triunfo, el sueño que he ido forjando a lo largo de estos años de educación y de ir madurando es poder algún día decir que he hecho en vida lo que he querido. Y no debe entenderse eso como que pretendo vivir en una hamaca, tomando Daikiris y bronceándome esperando el día en que se me alineen los astros para levantarme. Sino como que quiero poder decir que he hecho aquello para lo que YO nací. Para sentir eso, como decía, es imprescindible conocerse, tarea harto complicada y uno de mis retos del día a día. Reto no siempre agradable, por querer tachar aquellas cosas con las que más en disonancia estás y que sin embargo ves que más caprichosamente están anquilosando tu carácter. Aprender no es tachar, es reinterpretar con más información que antes. Es la vía pacífica de actuar por encima de la belicosa. Es la afirmación por encima de la negación. No se trata de destruir lo que no nos gusta de nosotros, se trata de proponer alternativas, de crear.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Querido verano,



Como cada año has pasado con indecente celeridad. Te he estado esperando 11 meses, has sido mi motivación en los momentos de pesadumbre, he viajado mentalmente hasta ti en no pocas ocasiones y finalmente te has convertido en un gusanillo en mi estómago en esos últimos días antes de tu triunfal llegada. Hoy en cambio, te miro ya por el retrovisor, y tengo la evidente certeza de que regresarás, pero es imprudente empezar ya a pensar en ti como algo futuro, pues ahora sólo eres pasado. Lo que ayer era ilusión hoy es nostalgia (y, desde la oficina, hasta pensamientos suicidas).

Un año más has venido en forma de bañador, Quelitas, sal marina, gazpacho Alvalle, sol y amigos. Buen humor y relax podrían ser dos términos para definirte, pero tu grandeza deja estéril cualquier palabra a la hora de tratar de captar toda tu esencia. No es del todo correcto decir el verano, pero sí ‘MIS vacaciones de verano’: eres mi termómetro anual, el que determinará el equilibrio del resto del año, en realidad eres mi fin de año, pues cuando terminas siento que ha finalizado un período emocional. El día que vuelvo de verano es mi particular 1 de enero. Hoy sí que me siento un año más viejo. Los veranos son una dulce forma de avisar de que te haces mayor, son ellos los que en el futuro evocarán los mejores recuerdos de la vida, sobre todo si los entiendes compartidos con los tuyos, con aquellos actores secundarios que permites (y necesitas) que coprotagonicen tu película.

Yo te disfrazo de calor y de mar, otros lo harán de otra forma. Es tiempo de siestas, de comer a todas horas, de lectura y de atardeceres entregados a mi placentero vicio de engullir kilómetros zancada a zancada. Es aire libre, noches estrelladas y dormir con el único ruido que tiene acreditación VIP en mi habitación: el de las olas del mar. Es la guerra declarada al reloj, ya no hay horarios. En verano levantamos un muro contra las preocupaciones, toca abrir un hueco, necesario, con la rutina, distanciarse, al menos mental y emocionalmente, y desplazarse a otros estadios de la realidad...



Hay chiringuitos de verano, noches de verano, horario de verano, ligues de verano, la canción del verano... Parece que la gente pierde la cabeza con estas fechas y que es obligatorio pasarlo bien, gastar dinero y conocer gente que, precisamente por ser verano, parece más interesante que si la hubieras conocido en cualquier otra época del año. Pero es justamente esa predisposición generalizada en la gente lo que convierte las vacaciones de verano en un momento mágico. Habría que analizar el porqué de esa predisposición, pero eso es carne de otro post.

De nuevo te despido entre lágrimas, especialmente cuando me pongo frente a la pantalla del ordenador en la oficina. Te echaré de menos, querido. Pronto llegará la nostalgia más madrugadora en forma de simpáticas (o no tanto) fotos, luego las cenas para recordarte y por último bajarán las temperaturas y el sol se irá a las 5 de la tarde, para terminar de un porrazo con este bonito sueño. Pero para entonces el despertador ya hará meses que suena a una hora indecorosa, al salir de la ducha ya no veremos la marca del bañador en nuestra piel, los shorts femeninos estarán siendo devorados por las polillas muy al fondo del armario y los escotes volverán al reino de la imaginación (a veces creedme que están mejor ahí, otras, por suerte, no...). Ahora toca volver a ver a ‘los de siempre’ y rezar para que cuando cortésmente les preguntemos por sus vacaciones no extraigan sus teléfonos móviles de los bolsillos y nos conviertan en víctimas del reportaje gráfico de su descanso estival, lleno de fotos (o peor aún, vídeos) del magnífico apartamento que alquilaron junto a la playa de ‘nosedonde’, del velero de muchos metros en el que fueron, de cómo sus bebés han empezado a caminar, lo bien que ha aprendido a nadar su hijo o lo buena que estaba la titi que han cortejado (o al menos eso cuentan) durante estos últimos días.

Vuelve la rutina, poniendo fin así a todas aquellas licencias que nos tomamos precisamente por ser verano. Licencia para despertarse tarde, para ir sin camiseta y andar descalzo, para comer a las 5 y cenar pasadas las 11, para quedarse dormido a cualquier hora, para salir de fiesta cada día de la semana, licencia para verse más guapo cuando uno se mira al espejo, para bañarse desnudo (y acompañado en el mejor de los casos) en el mar al volver de la discoteca, licencia, en definitiva, para disfrutar de lo que los italianos llaman el ‘dolce far niente’...
Guardemos la ropa de color chillón, las bermudas y las chanclas, guardemos los sueños...se acabó vivir con los nervios y preparativos, precisamente porque ya pasó.

En fin...mucha suerte a todos en la rentrée, y ¡que viva el verano!