martes, 5 de febrero de 2013

Sigue siendo el rey



El pasado domingo tuve la suerte de ser invitado a la gala de los V Premios Gaudí de la Acadèmia del Cinema Català, en la cual disfruté de mi primera experiencia, de las miles que van a venir a partir de ahora, con la industria del cine. Caras famosas, gente elegante y un acto ágil pese a sus 2 horas y media de duración. Como siempre algún premiado que aprovechó su momento de gloria para hacer casi un testamento, y otros que con dosis de humor, con mayor o menor acierto, agradecieron el haber sido elegidos para el premio. Como era de esperar los mayores aplausos para todo aquél que incluía en su speech un chiste en el cual pusiera en entredicho el buen hacer de la castigada clase política, y si era del partido gobernante, mejor. Sin embargo la gala no perdió en elegancia y espontaneidad, cosa no siempre fácil en este tipo de actos que siempre se miran obsesionados en la gala de premios por antonomasia (una que se celebra cada año en el teatro Kodak de Los Ángeles el último domingo de febrero). En mi opinión, la ceremonia supo mantenerse en su lugar y no fue pretenciosa.



 Los principales triunfadores fueron la 'Blancanieves' de Pablo Berger (especial mención al amigo Alfonso de Vilallonga por su premio al mejor motnaje musical), 'Lo imposible' de J.A. Bayona y 'Con una pistola en cada mano' de Cesc Gay. El post podría continuar hilvanando frases hasta contaros todos los detalles de dicha gala, pero me centraré en el director de orquesta, el maestro de ceremonias. Igual que en todos los ámbitos de la vida, cuando seleccionas a los mejores tu probabilidad de éxito es casi total, y ayer la Academia del Cinema Català puso simplemente al mejor para gobernar la noche: Andreu Buenafuente. Gustará más o menos, pero el cómico de Reus fue el motor, el que llevó el ritmo y lo vimos mucho más suelto que en los últimos años en televisión. Como dijo su colega de profesión Jordi Évole en twitter, "veo a Buenafuente muy en forma". Vaya si lo está. Andreu volvió a su lengua materna (el catalán), como era obligado en esta ocasión y hay que decir que se le ve mucho más fresco, ágil y sobre todo rápido. Decía el filósofo Julián Marías que cuando uno habla otro idioma (si lo habla bien) es como si viajara a otro yo, por la posición de la boca, por la entonación, por la canción de cada idioma. Salvando las distancias (pues al fin y al cabo el catalán y el castellano se asemejan considerablemente), pero se nota que la lengua materna de Buenafuente es el catalán. Se le ve más cómodo, logra sacar esa pizca que le pone a 100, le convierte en excelso. Ojo, en castellano es igualmente bestial, al menos a mi juicio, pero quizás su humor es algo más forzado. No quiero que este parezca un escrito que busca controversia y que se centre como quien no quiere la cosa en la inmersión lingüística: nada más lejos de la realidad. El que escribe estas líneas es de habla castellana (pese a hablar perfectamente catalán) y cuando quiero transmitir el 100% de algo, lo hago en la lengua en la que me siento más cómodo. No significa ello que no pueda lograrlo en otros idiomas, pero sin duda cuando busco la excelencia lo hago en castellano.
                                                                                                                                             
Buenafuente es un genio, el número 1, y no hay ningún otro humorista capaz de toserle en el panorama español. Es así de simple. Elegante, hilarante y con unas tablas al alcance de muy pocos. Capaz de hacer reír sin caer en la ordinariez (como les sucede a la mayoría de cómicos actuales) y colando un gag detrás de otro sin perder el hilo ni el timón, con una capacidad de improvisación que, más allá de que forme parte de un guión o no, a ojos del espectador es espontánea. Sabe enlazar la realidad del momento social a la gala o programa que está presentando, y sus recursos son interminables. Sin pelos en la lengua, magnífico lanzador de dardos y con una colosal forma de reírse de sí mismo. Ayer me metí en la cama con una sonrisa, feliz por mi primer contacto con este atractivo mundo de la gran pantalla pero también por haber recuperado sensaciones de hace muchos años, de aquél Andreu de TV3 que me hacía meterme en la cama más tarde de lo que prefería, cuando todavía iba al colegio. Buenafuente es garantía de éxito, pero ayer me fui a la cama pensando: "sigue siendo el rey" (a mucha distancia del resto).

miércoles, 23 de enero de 2013

El jardín secreto



Hace unos días estuve en Madrid y me llevaron a merendar al Jardín Secreto. Me gustó hasta tal punto, que dedico, por vez primera, un post al arte culinario. Muy cercano a la plaza España, tocando con la Gran Via, se encuentra en un lugar resguardado, una esquina que me atrevería a calificar de lóbrega y nada transitada. Desde fuera no llama la atención, apenas una puerta azul cielo y unos ventanales sin más. Y sin embargo resulta imposible asomarse y no querer entrar. 



Dentro te recibe un ambiente tranquilo, no diría de salón de té inglés. básicamente porque en España todavía no hemos aprendido a adaptar nuestros decibelios a un salón de esas características, y en segundo lugar, porque lejos de la decoración convencional, clásica y recargada, adentrarse en el Jardín Secreto es hacerlo en un mundo de sensaciones e impactos sensoriales. Algo así como una mezcla de Alicia en el País de las Maravillas y el patio interior de la casa de Tim Burton (en el que por supuesto no he estado, pero si tuviese que apostar, diría que debe de asemejarse bastante a eso). Te introduces en una nueva dimensión, un lugar con encanto pero sin caer en la cursilería ni en la excesiva modernidad con que se nos castiga en algunos lugares conceptualmente similares. Es como estar dentro de una selva fantástica. Un restaurante al alcance de todos los bolsillos, en el que los comensales comulgan con el buen rollo del lugar, y te introduce en un clima de muy buen rollo, bajo una tenue luz. 



Podría terminar aquí, y el sitio ya sería ganador, sin duda, pero resulta que abres la carta y te quieres pegar un tiro porque la variedad de chocolates a la taza es tan extensa como la lista del INEM. Al final, tras enamorarte de 10 o 12 posibles, acabas eligiendo al azar, o si prefieres rehusar responsabilidades, lo dejas en manos de los camareros, que por cierto son muy majos. Cuando ya tienes elegida la bebida, toca acompañarla de una buena tarta, y con ello volvemos a las andadas porque pese a que las opciones no son tantas como los chocolates, la carta es de aquellas prosas que dificultan no sólo la concepción imaginativa del plato por parte del comensal (del estilo: repolla al caramelo bañada en aspersor de chocolate al gusto del tio Sebastián, con viruta lacada al fuego flambeado por nuestro cocinero), sino también la decisión final, pues sólo de imaginar el 20% de lo que ha querido decir esa frase (en mi caso entendí caramelo, chocolate y cocinero), parece imposible no comérsela.

El resultado es una merienda de bandera, espectacular y sin ningún pero, inmerso una especia de viaje psicotropical de fantasía!! Por su originalidad sin buscar más allá de las fronteras, por saber adaptar una buena idea sin escapar del estilo gastado y auténtico de Madrid, El jardín secreto me merece un 10. 

P.D.: Por lo visto también dan cenas…así que pronto otro post!!
P.D.II: Por si queréis ir:
El Jardín Secreto
c/ Travesía del Conde Duque, 2
28015 Madrid
Tel. 91 543 34 54